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Buenas tardes a todas y a todos.
Y muy especialmente, buenas tardes a usted, don Santiago Pérez Gómez… aunque hoy, con su permiso, vamos a llamarle como lo hemos hecho durante décadas: Capi.
Capi, sé que no le gustan los discursos larguísimos. Por suerte, a usted sí le gustan los planes bien pensados y las operaciones sin prisas pero sin pausas. Así que hoy haremos justo eso: un recorrido con buena señalización, paradas claras y algún desvío divertido. Como en sus mejores proyectos.
Cuando usted entró en la empresa en 1989, como ingeniero de campo, yo era bastante más joven y muchos de los que están aquí ni habían nacido o estaban aprendiendo a montar en bici. Usted ya estaba con el casco puesto y el plano bajo el brazo, haciendo preguntas incómodas y necesarias: “¿Dónde está el riesgo? ¿Quién es responsable? ¿Qué haremos si falla el generador número tres?” Desde entonces, esa combinación de honestidad directa y disciplina le ha definido.
Treinta y cinco años dan para mucho, pero hay hitos que no necesitan archivo para recordarse. El Parque Solar Delta en 2003, por ejemplo. Aquello no fue solo un proyecto: fue una declaración de intenciones. Usted consiguió que áreas que no se hablaban se coordinaran, que los plazos fueran realistas y que el presupuesto no acabara desangrándose por el camino. Cuando le preguntaron cuál había sido la clave, usted respondió: “Poner a la gente correcta en los lugares correctos… y no bajar la guardia ni en el último tornillo”. Todavía hay técnicos que siguen su checklist como si fuese la receta de la abuela.
Luego vino la Modernización Norte en 2010. A algunos nos temblaron las piernas al ver el alcance; a usted se le encendieron los ojos. Fue su “remodelación integral con la planta abierta”. Y, aun así, encontró tiempo para algo que a veces olvidamos en los powerpoints: escuchar al que estaba en la pasarela, con la llave Allen en la mano. Esa escucha suya evitó errores, mejoró rutinas y, no menos importante, convenció a más de uno de que aquí se puede discutir con argumentos y sin perder la sonrisa. No exagero si digo que su humor ha salvado más de una reunión y más de una madrugada.
En 2016 asumió la Dirección de Operaciones. Y el famoso “Capi de campo” se convirtió en el Capi de todos. Cambió el casco por la agenda, pero no cambió la mirada. Siguió preguntando por la seguridad en cada arranque, en cada turno, en cada parada. Si hoy medio auditorio oye la palabra “seguridad” y contiene un reflejo de sentarse bien en la silla, es en gran parte por usted. Su insistencia educada, su frase de cabecera —“si no está seguro, no arranca”—, su costumbre de revisar los planes de contingencia como quien revisa los cinturones de una montaña rusa. Ese es un legado tan silencioso como contundente.
Y llegó 2021, con ese récord de eficiencia que aún citamos cuando alguien pide lo imposible para el viernes. Se batió no por casualidad ni por presión, sino por método. Usted demostró que la excelencia no es un pico de adrenalina, sino una rutina que se respeta día tras día, turno tras turno. Y, por cierto, sin sacrificar la seguridad. Porque si algo se le reconoce unánimemente es que, para usted, la seguridad va por delante de todo… incluso del café.
Hablando de café, hay una historia que se ha convertido en parte de nuestra mitología. Auditoría sorpresa. Caras de póker. Alguno mirando al suelo, otros al techo, otros a la puerta buscando una salida de emergencia que no figuraba en el plano. Y usted, con su flema habitual, soltó: “Tranquilos, que el café lo invito yo si aprobamos”. Aquello sonó a chiste para destensar y, ¡pam!, aprobamos con nota. Desde entonces, el “café del Capi” se volvió tradición de cierre de proyecto. Y sí, algunos proyectos se cerraron solo por la ilusión de tomar ese café, se lo confieso. Hay gente aquí que levantó un servidor a medianoche diciendo “que mañana hay café del Capi”. Ese es el poder de la confianza: convierte un gesto sencillo en un ritual que une.
Usted ha dirigido equipos enormes y complejos con tres armas que parecen sencillas y no lo son: honestidad para decir lo que hay que decir, disciplina para sostenerlo en el tiempo y humor para mantener el equipo unido cuando aparecen las curvas. No recuerdo un solo día en que usted no haya defendido a su gente. Sí recuerdo muchos en los que dijo: “Asumo yo, pero mañana aprendemos todos”. Parece una frase más, pero son las frases que construyen una cultura.
Y ahora, con su permiso, un pequeño roast cariñoso, que en el auditorio de la planta central hay tradición y testigos. Capi, todos sabemos que usted ha sido director de Operaciones… y de agendas apretadas. Su puntualidad es tan precisa que todos hemos aprendido que “a las ocho” significa “a las ocho menos dos” para estar listos. Hay quien sincronizaba su reloj con su paso por la pasarela. Y hay otra leyenda: que en su pizarra, antes que el presupuesto y el cronograma, va el checklist de EPI. Cuentan que un día de verano de 40 grados usted apareció en casco, gafas, guantes, chaleco y… chanclas no, pero por poco. Eso sí, nadie discutió el ejemplo. Porque el mejor chiste suyo siempre acaba con un “y ahora, en serio”. Y en ese “en serio” se nos ordenaba la cabeza.
Podríamos hablar de mil escenas. De aquel plano que usted llevaba doblado en ocho partes, como si guardara un tesoro pirata. De su costumbre de preguntar al becario cómo veía la ruta de pruebas, y luego darle la vuelta entera al procedimiento si el argumento tenía sentido. De su manera de pelear por una inversión necesaria sin elevar la voz, solo con datos y una ceja levantada. O de cómo, cuando el ambiente se caldeaba, soltaba esa media sonrisa y decía: “Vamos a ver… ¿qué problema queremos resolver exactamente?” y nos devolvía al dibujo básico, a la esencia.
Pero hoy también es día de mirar hacia adelante. Y hacia adelante lo veo a usted en tres escenarios que ya nos ha contado con brillo en los ojos.
Primero, su taller de carpintería. Llevamos semanas especulando si va a empezar por la mesa de trabajo o por la estantería de las herramientas. Conociéndole, hará primero el plano de ambas, luego un listado de maderas, luego una auditoría interna de seguridad del serrucho y, por último, un protocolo para barrer las virutas. Y lo disfrutará como un niño. Allí lo veo, midiendo dos veces —o tres— y cortando una, dándole forma a la madera con la paciencia con la que usted dio forma a tantos equipos.
Segundo, la montaña. Su bici esperando rutas nuevas, esas subidas que al principio duelen y luego se vuelven silencio y paisaje. Si en la planta hemos aprendido algo de usted, es que el pulso se gana con constancia, y la constancia se entrena. Que cada pedalada tiene su razón, y que al final del sendero hay recompensa. Espero de corazón que se pierda —en el mejor sentido— por caminos que le sorprendan y le llenen de tierra las piernas y de aire la cabeza.
Tercero, las paellas del domingo. Ese es un proyecto que ya domina, pero que ahora tendrá un público que exigirá precisión: sus nietos. Y todos sabemos que no hay auditor más duro que un nieto diciendo “al arroz le falta un minuto”. Eso sí, con el delantal correcto… y aquí hago un pequeño spoiler de lo que vendrá después… con el delantal correcto, se cocina mejor. No diré más de momento.
Capi, gracias por su lealtad a la empresa y, sobre todo, a la gente. Gracias por enseñarnos que el resultado sin el proceso es casualidad, y que el proceso sin seguridad es temeridad. Gracias por su manera de mirar las urgencias y separar lo importante de lo accesorio. Gracias por escuchar, por corregir sin humillar, por felicitar en público y por hablar en privado cuando tocaba. Gracias por esos cafés memorables y por los silencios útiles.
También quiero agradecer a su familia, que hoy nos acompaña, por compartirlo durante tantos años de madrugones, guardias y retornos tardíos. Detrás del Capi de casco y planillas hay una casa que sostuvo, un domingo en el que la paella se pospuso, una tarde de bici que esperó. Esa generosidad también es parte de lo que hoy celebramos.
Usted deja números, récords y proyectos que hablan por sí mismos. Pero, sobre todo, deja un estándar. Sé que, cuando aparezca una duda en sala de control o en una reunión tensa, alguien dirá: “¿Qué haría el Capi?” y el resto asentirá. Y no porque vayamos a vivir anclados al pasado, sino porque su forma de pensar ya camina con nosotros.
No me malinterprete: no es un adiós, es un cambio de turno. Usted seguirá estando cuando le queramos invitar a un “café del Capi” con carácter retroactivo, o cuando necesitemos una cata de paella versión “Maestro Paellero”. Y sí, aquí viene la parte oficial de la tradición: al final de este acto, tendremos el gusto de entregarle un delantal grabado que, creemos, le sienta como un ascenso merecido. Aunque sospecho que usted lo convertirá en EPI y le pondrá bolsillo para termómetro y checklist de sofritos.
En esta nueva etapa, le deseamos lo que se desea a los buenos: tiempo y salud. Tiempo para construir su taller de madera como ha construido su carrera, con paciencia y orgullo. Tiempo para muchas rutas en bici, incluyendo esas a las que se llega sin prisa y se vuelve sin reloj. Tiempo para que sus nietos descubran que el abuelo sabe medir con los ojos, cortar por la línea y, además, contar historias que empiezan con “una vez, en el Parque Solar Delta…”.
Y, por supuesto, salud para seguir riéndose de los chistes malos, que por aquí ya sabe que no faltan, y para seguir siendo ese faro tranquilo que muchos hemos mirado cuando el mar se ponía bravo.
Capi, hoy no le despedimos. Le celebramos. Celebramos su manera de hacer las cosas bien sin hacer ruido, su ironía fina, su energía discreta, su empeño por la seguridad y su defensa de lo esencial. Celebramos que, después de 35 años, usted se va con la misma honestidad con la que llegó y con más amigos de los que caben en este auditorio.
Y, para ser coherentes con su estilo, voy a acabar como empezó todo: con una promesa sencilla. Cuando venga a visitarnos —que vendrá—, el café lo invitamos nosotros. Con o sin auditoría, con o sin récords, pero con la misma gratitud de siempre.
Gracias por todo, Capi. Que empiece la etapa en la que los proyectos se cocinan a fuego lento, el serrín huele a domingo y las metas están marcadas por la sonrisa de los suyos.
Enhorabuena por su jubilación. Y que la vida, desde hoy, le quede tan bien nivelada como sus mejores obras.