salidaGenerado con DiscursoJubilación usando IA
Buenas tardes a todos.
Hoy me toca a mí decir unas palabras, cosa que, después de 28 años aquí, sigo sin tener del todo ensayada. Empecé en 1998 en soporte técnico, con más nervios que manuales, y con aquella mesa que sonaba cada vez que alguien llamaba porque la impresora había decidido dejar de ser impresora.
Con los años, fui aprendiendo que los sistemas se reinician, pero la confianza no. Y ahí me quedo con tres momentos que marcan mi historia con vosotros.
El primero, 2007. Migración al ERP. Viernes, ocho de la tarde, el servidor decide echarnos un pulso. Algunos ya buscabais un sofá, otros una salida de emergencia, y yo, para que no se nos cayera el ánimo —además del servidor—, improvisé un karaoke con el zumbido de los racks. No os voy a decir que aquello sonara bonito, pero a las tres de la mañana el sistema volvió a la vida y nosotros, con las ojeras en modo 2.0, nos dimos cuenta de que también sabíamos reírnos en mitad del caos.
El segundo, todos esos cursos en los que formé a más de 40 compañeros. Siempre dije que lo importante no era que aprendierais a pulsar teclas, sino a preguntar sin miedo. A algunos os veo hoy liderando equipos, y a otros aún me escribís para preguntarme por qué un script hace de filósofo y se cuestiona su existencia. Me enorgullece cada “ya lo tengo” que escuché en esas salas.
El tercero, 2020. Cuando el teletrabajo dejó de ser idea y se convirtió en realidad de un día para otro. Coordinamos accesos, configuramos VPNs a contrarreloj, y hasta montamos un chat para rescatar a quien se quedaba “atrapado” en mute. Funcionó porque, por encima de las herramientas, hubo compañerismo y paciencia. Mucha paciencia. Incluida la que habéis tenido con mis chistes matutinos, que seguirán siendo malos, pero ya no os despertarán a las 8:15.
Si algo he intentado cuidar siempre han sido cuatro cosas: el trabajo en equipo, la honestidad para decir cuándo algo no está listo, la constancia para dejarlo listo, y el respeto por los clientes, que muchas veces llamaban con urgencia porque su día dependía de nuestra respuesta. He visto cómo esas cuatro cosas se han contagiado entre nosotros, y eso vale más que cualquier logro individual.
Quiero agradecer de corazón a Recursos Humanos por su apoyo discreto pero constante —que parece que solo se nota cuando falta—, y a mi equipo por aguantar mis notas de voz, mis checklists infinitos y mis bromas de café.
Ahora me espera otra etapa. Quiero dedicar tiempo a mi familia, perderme por el norte con la cámara colgada, y seguir la tradición de las paellas de los domingos, con socarrat y sobremesa larga. También me apetece ofrecerme como mentor voluntario para jóvenes técnicos. Al fin y al cabo, alguien me abrió puertas a mí en su momento; toca devolver ese gesto.
No me voy lejos: me llevo vuestros aprendizajes, vuestras risas y ese “lo conseguimos” que tantas veces nos salió del alma. Y me quedo con la tranquilidad de que este equipo sabe hacer lo difícil: trabajar bien y, además, hacerlo juntos.
Brindemos por lo que viene. Por los proyectos que cerraréis, por los que yo empezaré fuera de aquí, y por la suerte de haber compartido este camino.
Gracias, de verdad. Nos vemos en la sierra, detrás de una cámara… o alrededor de una paella. Y, si alguna vez escucháis un zumbido que suene a karaoke, pensad que todo tiene arreglo. Incluso los lunes.