salidaGenerado con DiscursoJubilación usando IA
Buenas tardes a todas y todos.
Hoy no vengo a informar del presupuesto, ni a explicar una desviación, ni a pedir que no “toquemos” la previsión sin avisar al financiero.
Vengo a hablar de Javi.
Y, ya que es su jubilación, prometo que no habrá Excel. Por seguridad, hemos decidido desenchufar el proyector.
Javi, querido Javier Martín Ortega, 34 años después, aquí estamos.
En 1992 entraste por esa puerta como analista, con una carpeta bajo el brazo y la misma mirada que hoy: la de quien escucha primero, pregunta después y decide cuando ya no queda duda razonable.
No sabías que aquel primer café en la máquina —el de 20 pesetas, que sabía a mineral raro— iba a ser el prólogo de una vida entera en esta casa.
Luego llegó 2003, el año en que te convertiste en director financiero.
Hubo quien dijo: “Con Javi en Finanzas, por fin vamos a entender los números y, con suerte, también a nosotros mismos”.
Tenían razón en lo primero; en lo segundo, todavía estamos en proceso.
En 2009 lideraste la salida a nuevos mercados.
La mitad pensábamos que “nuevo mercado” significaba la tienda que abrieron en la esquina; tú ya estabas pactando tipos de cambio, diseñando coberturas y, lo más difícil, aprendiendo a decir “buenos días” y “contabilidad de devengo” en tres husos horarios distintos.
Fue un salto que nos quitó el miedo. En rigor: lo quitaste tú, con ese modo tuyo de poner los riesgos sobre la mesa, sin drama, sin espuma, con esa transparencia que no necesita powerpoint para imponerse.
En 2016 empujaste la transformación digital cuando la mayoría seguíamos convencidos de que “digital” era pasar el PDF por scanner.
Hiciste dos cosas muy tuyas:
primero, preguntaste a la gente de primera línea qué necesitaba de verdad;
segundo, aceptaste que la respuesta no siempre coincidía con lo que tenías previsto.
Y, a partir de ahí, te pusiste a construir.
No hubo milagros. Hubo método, paciencia y servicio.
Y, cada tanto, humor.
Porque si algo te define, Javi, es esa mezcla rara de rigor y sonrisa.
Eres el único que, ante una auditoría sorpresa, podía soltar: “Tranquilos, lo peor que puede pasar es que tengamos razón”.
Y luego la tenías.
Y cuando no, lo decías igual de claro.
Tu transparencia no era un eslogan: era una práctica.
Todas y todos aquí hemos sentido lo mismo contigo: que los datos son los datos, y que las personas son personas.
Que las cifras no te autorizan a olvidarte de los nombres.
Que un informe impecable no vale gran cosa si no entiendes la realidad que pretende describir.
Permíteme recordar aquella junta en la que tu Excel decidió tomarse un día libre.
Se colgó justo en el momento estelar.
En otra sala, a otro jefe, le habría dado un pequeño infarto.
Tú respiraste, pediste folios, te quitaste la americana, y empezaste a dibujar a mano los gráficos.
Flechas, columnas, un par de chistes discretos, y la explicación más clara que recordamos.
Nadie echó de menos los colores corporativos.
Ese día comprobamos que la herramienta eras tú, no el archivo.
Hay otra liturgia que solo tú podías inventar.
Cada cierre trimestral, aparecías con una caja de donuts “para subir el EBITDA del ánimo”.
Funcionaba.
Subían las sonrisas, bajaban los correos pasivo-agresivos, y, milagrosamente, aumentaba la productividad sin que nadie enviara un adjunto de 18 megas a las 23:59.
No sé si eso entra en la contabilidad tradicional, pero sé que cuenta.
Cuenta mucho.
Podríamos pasarnos la tarde enumerando números, proyectos, países nuevos, migraciones de sistemas, auditorías superadas, presentaciones que nos dejaban sin dudas, presupuestos que cuadraban por la mañana y por la tarde también.
Pero me importa más la huella que dejas:
- La del rigor que no asusta, porque se explica.
- La de la transparencia que no humilla, porque escucha.
- La del sentido de servicio que no presume, porque ayuda de verdad.
- Y la del humor en la adversidad, que no trivializa los problemas, pero nos recuerda que somos capaces de resolverlos juntos.
Javi, eres alta dirección en el organigrama y buena gente en el pasillo.
Ese es tu legado.
Que la jerarquía suma cuando no se nota.
Que mandar no es hablar más alto, sino preguntar mejor.
Que liderar es sostener a la gente mientras aprende y exigirle después como si ya supiera.
Quiero agradecerte, en nombre de todas y todos, varios momentos muy concretos.
Gracias por esas mañanas de revisión de presupuesto en las que convertías una selva de celdas en una conversación sensata.
No sé cómo lo hacías, pero cada línea encontraba su sitio y cada responsable encontraba su voz.
Gracias por los días grises en los que el tipo de cambio se movía, el mercado no ayudaba, y tú decías: “Esto también pasa”.
Y pasaba.
Gracias por la paciencia cuando lanzamos el primer piloto digital y, para nuestra sorpresa, el piloto volaba… hacia atrás.
No buscaste culpables; buscaste causas.
Y cuando las encontraste, enseñaste a todos lo aprendido.
Gracias por adelantarte a los errores.
Ese arte de detectar el fallo a 100 metros, sin señalar a nadie, ajustando el rumbo con dos preguntas.
Te hemos visto hacerlo muchas veces.
Y siempre con respeto.
Y gracias, ya que estamos, por reírte de ti mismo.
Por ese “roast” amable que hoy tendremos y que tú aprobaste de antemano, probablemente porque preferías adelantarte a los chistes.
La grandeza también se mide en la capacidad de encajar bromas.
Tú, encajas y devuelves con elegancia.
Esta noche proyectaremos un video con mensajes del equipo internacional.
Te lo adelantamos: hay acentos de medio mundo diciendo “gracias”, y bastantes fotos que prueban que tu corbata ha dado varias vueltas al mapa.
Vas a escucharte en voces distintas, en tres idiomas, con el mismo significado: confiaste en nosotros y nosotros aprendimos a confiar.
Eso no caduca.
Ahora, hablemos de lo que viene.
A partir de mañana, tus nuevos deadlines serán mareas y puestas de sol.
Tu calendario dirá: “Ajustar carburador”, “Revelar carrete”, “Buscar la trucha que se ríe de mí desde 1998”.
Las reuniones serán con motores que ronronean cuando aciertas y tosen cuando no; con lentes que enfocan cuando mandas callar a la prisa; con ríos que no admiten apresurados.
Te deseamos viajes.
No necesariamente lejanos, pero sí hondos.
Salud, para saborear el día sin atajos.
Y tiempo, mucho tiempo, para hacer lo que te gusta sin mirar el reloj, salvo para constatar que el sol se ha movido y tú sigues con las manos manchadas de gasolina feliz o con los dedos oliendo a revelador.
A quienes te vamos a echar de menos en el día a día —que somos unos cuantos— nos dejas tareas claras:
- Mantener la transparencia, incluso cuando no conviene a la narrativa.
- Cuidar el rigor, pero sin volverlo dogma.
- Recordar que el servicio empieza abriendo la puerta y no cerrándola.
- Y nunca perder el humor. Ni en el cierre, ni en la apertura, ni en ese mail que llega a deshora y al que, por una vez, podemos contestar mañana.
Permíteme un guiño final a tus tres pasiones.
En las motos clásicas, sabes que restaurar no es “dejar como nuevo”, es “devolver la voz”.
Tú hiciste eso aquí: devolviste la voz a procesos que estaban en silencio, a equipos que necesitaban carburación fina, a proyectos que no podían acelerar porque el ralentí estaba mal regulado.
Hoy el motor suena redondo.
En la fotografía en blanco y negro, la clave es la luz que no ves a primera vista: el matiz en la sombra, el contorno que emerge si esperas.
Nos enseñaste a esperar lo justo, a exponer bien, a revelar sin quemar lo importante.
Nos dejaste negativos bien archivados y copias nítidas para quien llegue después.
En la pesca con mosca, hay algo hermoso: nadie domina el río.
Se intenta, se observa, se aprende, se vuelve mañana.
Así trabajaste aquí.
Sin prometer imposibles, sin rendirte ante lo difícil, con la paciencia del que sabe que la recompensa está en el intento.
Y, de vez en cuando, claro, con una captura memorable.
No me olvido de aquel día de donuts en el que alguien preguntó si “EBITDA del ánimo” era un KPI oficial.
Dijiste: “No todavía”.
Y aquí va la propuesta: lo será, si mantenemos la costumbre de celebrar los avances, de no olvidar el café del de al lado, de recordar que el mejor margen es el que deja espacio a las personas.
Llámalo como quieras; yo lo llamaré “métrica Javi”.
Antes de brindar, quiero recuperar una imagen.
Tú, con el rotulador en la mano, dibujando un gráfico que se había quedado encerrado en un Excel.
Esa es tu metáfora.
Si la herramienta falla, seguimos.
Si el camino se tuerce, redibujamos.
Si algo parece imposible, lo troceamos hasta que cabe en la realidad.
Por eso tu despedida no es un cierre; es un traspaso limpio.
Nos dejas números que cuadran y, sobre todo, una manera de cuadrar la vida.
Con honestidad.
Con exigencia.
Con ironía suficiente para no tomarnos demasiado en serio.
Con respeto suficiente para tomarnos en serio cuando importa.
Javi, gracias por 34 años de trabajo bien hecho, de discusiones útiles, de silencios oportunos, de chascarrillos a tiempo, de salvavidas en medio del barullo.
Gracias por estar cuando había que estar.
Por levantar la mano cuando tocaba decidir.
Por bajarla cuando tocaba escuchar.
Nos harás falta en la reunión del lunes.
Pero vamos a sobrevivir.
Y, si alguna vez dudamos, abriremos la carpeta de “cómo lo explicaría Javi”.
Sospecho que nos sacará de más de un apuro.
Ahora sí, prepara esa sonrisa.
Después vendrá el video del equipo internacional.
Luego el pequeño “roast” que autorizaste —que sepáis todos que revisó los chistes como si fueran notas a pie de página—.
Y, por último, el brindis.
Brindemos por ti, por tu familia —que gana un cómplice a tiempo completo—, por tus carreteras secundarias, por los ríos que aún no conocen tu paciencia y por los fotogramas que están esperando su luz.
Que tus nuevos deadlines sean mareas y puestas de sol.
Que tus dudas duren lo que tarda en arrancar una moto bien carburada.
Que tus certezas brillen como una copia bien revelada.
Y que siempre, siempre, tengas a mano una caja de donuts, por si hay que ajustar el EBITDA del ánimo de cualquiera que se cruce en tu camino.
Feliz jubilación, Javi.
Y gracias, de corazón, por todo lo que nos dejas.
Ahora, a disfrutar.