salidaGenerado con DiscursoJubilación usando IA
Buenas tardes a todas y todos. Si has venido esperando solemnidad, lo siento: soy “El Presi” y me jubilo, así que hoy toca hablar claro, con risas, y con la verdad por delante, como siempre.
Antes de nada, gracias por estar aquí. Te miro a ti, que has compartido cafés a deshoras, y a ti, que me has dicho la verdad cuando nadie se atrevía. Hoy no me despido de una empresa: me despido de 32 años de rutina bonita, de discusiones útiles, de algún que otro desastre controlado, y de mucha gente buena.
Entré en 1994 como analista junior. Sí, yo también tuve jefes que me decían: “tranquilo, esto es fácil”. No lo era. Pero me agarré a la curiosidad, a preguntar sin vergüenza, y a escuchar a quien sabía. En 2002 me tocó la aventura de director de producto. Quien estaba entonces en el equipo lo sabe: aprendimos más de los clientes que de los manuales.
Y en 2005 lanzamos la línea X. Récord de ventas. Lo digo sin falsa modestia, pero también con la mirada puesta en todos los que la sudasteis. Si aquel fue el año del “sí se puede”, el 2014 fue el del “ahora te toca a ti”: me nombraron CEO. Ese día, alguien me dijo “Presi, que no se te suba”. Y la verdad, lo único que se me ha subido todos estos años ha sido la tensión en los cierres de trimestre y el azúcar con las celebraciones.
Entre 2017 y 2020 dimos el salto a Portugal y a Chile. Si estás aquí de aquellos equipos, sabes que no fue solo vender en otro idioma; fue entender otros ritmos, otros gustos, otras maneras de decir “mañana”. Portugal nos enseñó paciencia y café bueno; Chile nos enseñó vértigo y empanadas a la hora exacta. Hicimos amigos, cometimos errores y, sobre todo, nos hicimos adultos como compañía.
En 2022 pusimos en marcha el plan de sostenibilidad. Reducción del 30% de emisiones. Lo repito porque me hace feliz: 30%. No es un PowerPoint, es aire más limpio, facturas de energía más sensatas, y una estructura que fue capaz de cambiar hábitos de verdad. Si tú te tragaste mis sermones sobre apagar luces, lo siento y gracias: juntos lo hicimos.
Ya que hablo de tecnología y apagones, déjame recordar 2017. Presentación clave con inversionistas. Sala llena, caras serias, el proyector muere. Yo, por dentro, también. Pero el catering tenía servilletas gigantes. Dibujé ahí las métricas, nos reímos, y cerramos el acuerdo. Ese día entendí que la claridad y la calma valen más que la tecnología. Que a veces, cuando no hay pantalla, te miran a los ojos. Y eso no falla.
Si me preguntas qué valores me sostuvieron, no te haré un póster corporativo. Te diré lo que me ha funcionado:
- Transparencia: decir lo que había aunque picara. A veces me he equivocado, sí, pero nunca me fui a casa con la sensación de haber maquillado un dato.
- Sentido del humor: cuando la cosa se pone fea, hacer un chiste no arregla la cifra, pero arregla a la gente que tiene que arreglar la cifra.
- Curiosidad: preguntar “¿y si…?” incluso cuando el Excel decía “no molestes”.
- Servicio a los demás: que tu éxito no exista si no sube a alguien más contigo. Es la única manera de dormir bien.
He sido “El Presi”, pero cualquiera que haya trabajado conmigo sabe que ese apodo y yo siempre hemos tenido una relación complicada. Para mí, presidir no era mandar, era escuchar, decidir y luego dar la cara. Has visto muchas veces cómo entraba tarde en la sala diciendo “prometo que esta vez no cambio nada”, y acto seguido cambiaba la mitad. Comunicación, gracias por aguantar mis chistes de última hora, mis correcciones en el pasillo y mis “solo un detalle” que luego eran seis párrafos. Os debo paciencia y cafés.
Quiero agradecer a Producto por tolerar mis obsesiones de preguntar “qué problema real resuelve esto”. A Operaciones por decirme “tranquilo, llegamos”, y llegar. A Ventas por levantar el teléfono cuando otros lo dejan sonar. A Finanzas por recordarme que el amor está bien, pero el cash flow es mejor. A Personas por defender lo importante cuando nadie mira: la cultura, los tiempos, la dignidad. A los equipos de Portugal y Chile, por tu generosidad enseñándonos a jugar fuera de casa. Y a Sostenibilidad, por demostrar que la ética también puede tener KPIs.
He tenido la suerte de ver cómo una idea se hace producto, cómo un producto cruza fronteras y cómo una compañía aprende a mirarse al espejo sin maquillaje. No es poca cosa. Y lo digo mirando a quien entró hace un mes: tú no estás llegando a un lugar perfecto, estás llegando a un lugar que sabe aprender. Eso, créeme, vale más que cualquier manual.
Sé que hoy toca hablar de mí, pero toda mi historia aquí solo existe porque tú y tú y tú pusisteis parte de vuestra vida. Yo vine cada día a trabajar con personas, no con informes. Cuando hubo crisis, me quedé por la gente. Cuando hubo victorias, las celebré por la gente. Y cuando me pidieron que fuera el que decida, pensé: “que no se me olvide servir”. Que si había que dar malas noticias, las diera yo. Que si había que pedir perdón, lo hiciera el primero. Que si había que reírse de alguien, que fuera de mí.
Fuera de la oficina, ya sabéis que me pierdo con cosas simples. Las paellas de domingo. No sé cuántas te habrás comido, pero cuántas habré arreglado con ajo y cariño cuando el arroz se pasó. El ciclismo urbano, que me ha dado más ideas que muchas reuniones. Y la guitarra, que me ha salvado de contestar algún email cuando lo mejor era esperar y tocar un rato. Si alguna vez te contesté a destiempo, probablemente estaba peleándome con un acorde.
¿Qué viene ahora? No desaparezco del todo. Seguiré un tiempo como consejero externo, para acompañar a quien coja el timón, para estar cuando haga falta y callar cuando sobre. Y después, me perderé por la costa con mi bicicleta. Si me ves en un puerto con una horchata en la mano y cara de haber subido más de lo que debía, invítame a unos fartons y prometo no hablarte de métricas.
Quiero dejarte un deseo: mantén la curiosidad y la valentía para probar cosas nuevas. La curiosidad te va a salvar de la soberbia. Y la valentía te va a salvar del “siempre se hizo así”. Pregunta. Contradice. Propón. Y cuando te tiemble la mano para tomar una decisión, recuerda que el único error imperdonable es esconderse.
También quiero decir algo sobre el tiempo. Cuando entras, piensas que 32 años son una eternidad. No lo son. Pasan, y lo que te queda no es la perfección de los planes, sino los imprevistos que convertiste en propósito. Como aquella servilleta gigante. Como la vez que Producción cerró turno a medianoche para llegar a un cliente. Como la conversación en el ascensor que cambió el rumbo de una negociación. Como el correo inesperado de un cliente agradeciendo algo pequeño que a ti te parecía rutinario.
Si hoy tuviera que darte un consejo operativo, sería este: las métricas cuentan, pero la conversación las hace posibles. Y si alguna vez sientes que no sabes por dónde empezar, empieza por escuchar. La transparencia no es un eslogan: es una costumbre. Y el humor no es una pose: es una herramienta para quitarle dramatismo a lo que lo tiene, y para recordarte que nadie se salva solo.
Me preguntan si me da pena jubilarme. No. Me da alegría haber llegado hasta aquí con ganas de seguir aprendiendo, solo que ahora quiero aprender el ritmo del mar, el silencio de la bicicleta y nuevas recetas que no acaben en humo. Y prometo que, si organizamos otra comida, llevaré la paella sin “presentación estratégica”. Solo arroz, socarrat y mesa larga.
Antes de cerrar, dos cosas prácticas, como me gusta:
- Al final haremos un brindis con horchata y fartons. Sí, lo sé, atípico. Mejor. La tradición se honra también inventando otras.
- Comunicación ha montado una playlist colaborativa para la fiesta. Por favor, añade una canción que te recuerde a algún momento aquí. Si metes una que te avergüence un poco, mejor: así empezamos bailando y sin pretensiones. Yo ya puse una de esas que no confesaría en una entrevista.
Y para quienes temáis que sin “El Presi” esto pierda rumbo, te digo: los barcos no navegan por el nombre del capitán, navegan por su tripulación. Y tú, tú y tú sabéis hacer que esto avance con viento a favor y con oleaje. Yo estaré cerca un tiempo, para lo que haga falta, con la misma disposición de estos años: decir lo que veo, y ayudar donde pueda.
Gracias a mi equipo más cercano por aguantar mis “cinco minutos” que eran veinte, mis dibujos en servilletas que parecían mapas del tesoro y mis notas de voz a horas dudosas. Prometo que ahora las notas de voz se las enviaré a la guitarra.
Gracias a quienes me enseñaron a perder discusiones a tiempo. A quienes me dijeron “no” cuando era necesario. A quienes llegaron nuevos y me obligaron a ponerme al día. Y a quienes llevan tanto como yo y aún tienen brillo en los ojos cuando hay una idea fresca.
Me voy con la convicción de que lo mejor que he hecho ha sido rodearme de gente mejor que yo en cosas que importan. Si te reconoces en esa frase, es tu mérito, no el mío.
Así que brindemos por lo vivido y por lo que viene. Brindemos por la transparencia que nos sostuvo, por el humor que nos salvó de más de un apuro, por la curiosidad que nos llevó más lejos de lo previsto y por el servicio que puso a las personas en el centro.
Yo, “El Presi”, cuelgo el traje, me pongo el casco de la bici y me llevo un rotulador por si un día vuelve a fallar un proyector y alguien necesita que le dibuje el camino en una servilleta gigante.
Gracias de corazón. Ahora, música, horchata, fartons, y que empiece la fiesta. Y tú, no te vayas sin poner tu canción. Nos vemos en la costa, o en la próxima paella del domingo.